miércoles, 22 de mayo de 2013

Atentado - Ezequiel Bajadish





                Vagamente recuerdo, cuándo fue la última vez que mi inestabilidad emocional no me haya jugado una mala pasada. Con un par de cigarrillos masacrados en una tumba de aluminio, bajo el nombre de “Cenicero” me dispuse a mirar hacia atrás. Mis pasos, mis dichas  y desdichas, mis esfuerzos, mis logros, mis anhelos y mis triunfos. No encontré nada.
De repente, un poco cansado de la malevolencia codiciosa que a menudo profana mis días, recordé que en una esquina de mi escritorio, rodeado de papeles, botellas y otras hierbas, se encontraba, malgastado por el tiempo, un pequeño cilindro de plástico que contenía en su interior, un rollo de fotos sin revelar.

  
Inmediatamente recordé aquellos años bastante extraños que el pasado, forzosamente me hizo olvidar.
    Corría el año 94, en el oeste bonaerense de Morón, se escuchaban las primeras campanadas del ferrocarril Sarmiento, el sol todavía no empezaba a meterse indiscretamente en las ventanas de las casas, yo (que en discrepancia podría dar cátedra) me levantaba casi todos los días antes que el resto de la gente. Olvidaba el café o mejor dicho, lo guardaba para otra ocasión, fijaba mi amanecida visión en el Chevrolet Taunus que me había prometido  mi viejo para mi cumpleaños número veinticinco, de patente 298 ELF, y en perfectas condiciones. Un auto digno de quedárselo mirando. Me subía en su interior con una suavidad de anciano, encendía el motor con un suave giro de muñeca y escuchaba por un rato atentamente el ronroneo sordo de lo que iba a ser mi futuro auto (a mi me gustaba ese ruido) el estéreo cuadrado y enorme del viejo se caía a pedazos, pero no importaba. Podrían estar lloviendo monedas de oro que yo no bajaba de ese auto, entraba en ese transe profundo, (me sentía tan lleno de poder) Acto seguido, encendía el estéreo, las noticias eran lo primero que buscaba, sumado a eso, diario en mano y la televisión bien fuerte a un lado de la sala, para que desde el interior del Toro (así lo llamaba)  se escuchen con algo de claridad las noticias. En ellas, llovían informes de todo tipo, y yo cómo joven entusiasta que era (¡Y vaya si lo era!) aguardaba, cámara fotográfica en mano y con grandes expectativas de poder redactar junto con las fotos que aún no sacaba (por que una vez que me recibí de fotógrafo, quise ser periodista) lo que en teoría serian posibles primeras planas de diarios importantes o revistas de ocasión.
  Acontecimientos inmediatos me interesaban, pero sólo encontraba noticias lejanas y no podía llevar a cabo una investigación en un tiempo tan corto. Las noticias vuelan, si lo sé. Pero más rápido vuelan los periodistas, los periodistas de verdad. Los encabezados se oían y leían  más o menos así:

 “ Ejército Zapatista de Liberación Nacional se alza en armas en el estado de Chiapas, al sur de México ” 
 “Es expulsado el jugador argentino 
Diego Armando Maradona del mundial de fútbol de Estados Unidos, luego de detectarle efedrina en un control antidopaje tras el partido ante Nigeria.”    
“En la fábrica militar de 
Río Tercero  ocurren una serie de explosiones, con el fin de ocultar las pruebas del tráfico de armas que el presidente Menem realizó con Ecuador”
“Empieza a emitir el 
canal de televisión argentino Crónica TV

   Nada parecía dar resultado, todas esas noticias eran demasiado lejanas para mi Toro. Necesitaba algo, una noticia que me de una gran foto, algo cerca pero no banal, algo que me inmortalice para siempre, cuando de pronto, la voz ronca y tartamuda de un desconocido locutor, se emitía fervientemente del estéreo gastado de mi viejo : 18 de julio : a las 9:53 AM., una camioneta Renault Traffic blanca cargada con explosivos se estrelló contra el edificio de la AMIA matando a 85 personas, hiriendo a 300 más, y destruyendo el edificio por completo. En el atentado murieron 67 personas que estaban dentro de la AMIA y otras 18 que estaban caminando en la vereda o se encontraban en edificios aledaños”

    Lo primero que pensé fue en los amigos de mis viejos, muchos de los cuales eran Judíos (Algunos de ellos Ortodoxos o Masortí, no recuerdo bien) La sorpresa me invadió por completo, pero no lo pensé dos veces y me dispuse a inmortalizarme. Cosas cómo estás pasan una vez en la vida, pensé. La autopista se volvía densa a esa hora, embotellamientos descomunales por cualquier calle que intentaba circular. Las Trafics cargadas de periodistas no dejaban de aparecer. Acercándome con el Toro a la calle Pasteur, parecían inútiles los intentos que tuviese para llegar antes que el mundo.
    
Al llegar, me invadió la ira. Los escombros y el hongo de humo, todavía visible en la lejanía, eran el único paisaje apreciable. Los fuelles del diablo parecían cobrar vida de manera infrahumana. Los amigos  y familiares de las víctimas se acercaban dando grandes bocanadas de aire, el dolor en sus ojos, ya indescriptible, me contagiaba, y el mórbido deseo que tuve esa mañana por captar una noticia única se desvaneció.
Ya no quería una primera plana, ya no quería un encabezado con mi nombre, lo único que quise, en ese momento, fué apaciguar por un instante al menos , el dolor de miles de ojos vagabundos en busca de un sobreviviente, o peor aún, los restos de una madre, un padre, un hijo o un amigo.
    No sé para qué, no sé cómo y mucho menos sé por qué razón lo hice, pero lo hice.
A unos cuantos metros de donde se encontraba la carpa blanca levantada a fuerza de esbozos voluntarios y de trágicas historias, la vi a ella. Una mujer que no pasaba los 20 años, con cabellos revueltos, tal vez por el viento, tal vez por las cenizas o tal vez porque era Lunes.
Se acercaba a todo aquel que muestre una lagrima en su rostro, con una Reflex en la mano y una grabadora de voz en la otra, se la veía,  indagadora cómo ella misma, trataba, cómo yo de conseguir una primera plana, un encabezado con su nombre y una foto que la inmortalice para siempre.
   En su rostro, se notaba un dejo de humanidad, ni lagrimas, ni furia, ni un rastro de bondad (creo que eso fue lo que más me llamó la atención en ella)
Después de un rato, insensible ante el atentado, dando pequeños brincos entre los escombros, se sentó en una esquina casi desierta, encendió un cigarrillo y la oí grabar algo en una grabadora que sostenía en su pequeña mano izquierda, algo que me llamó mucho la atención:

    En cuestión de segundos arrasó con la sede de la organización judía más emblemática de la Argentina y todo lo que estaba a su alrededor.
Pánico. Ambulancias. Gente corriendo. Vidrios rotos cayendo de las ventanas de los edificios, cubriendo toda la calle. Gritos que surgían de la multitud mezclaban historias milagrosas y trágicas casualidades del destino.
   Muerte por decenas. Muerte, Muerte y más Muerte. Personas gravemente heridas trasladadas a centros asistenciales. Espontáneamente cientos de voluntarios se hacen presentes para ayudar, para contener, para compartir el llanto.
 
    No sé porque lo hice, y no sé porque lo volvería a hacer, pero surgió dentro de mí, el deseo, hasta entonces innato de seguirla, saber de ella, saber cómo era que no sintió ni la más mínima culpa al ignorar por completo el dolor que a cataratas brotaba de todas partes. ¿Era una persona insensible o una amante de su trabajo? Tenía que averiguarlo, así que al caer la noche, la seguí... Y ese fue el peor error que pude cometer en mi vida.                          
      No encontré una explicación en ese momento, que no me remitiera a una locura, a una posible desdicha y a lo que podría llamarse, un suicidio temporal.
Subí al Toro ciego como un topo, casi me llevo por delante un parquímetro desecho por los escombros, crucé Pasteur como pude, subí veredas y esquive restos del edificio, que aún en llamas, bramaba la ira de quien sabe quien, quien sabe por qué.
   Ella, manejaba una moto, un dato irrelevante si no se tratara de una NSR 75. La moto con la que  yo soñaba desde que tengo ojos para verla, y boca para insultarla por no tenerla.  De patente IBU 432 en la parte posterior de la carrocería, en excelentes condiciones.
Al terminar con su ronda de interrogatorios (De insensibles interrogatorios) Subió con gracia y cautela a su delicado bebe de dos ruedas.
   Se movía con una belleza infinita, si me preguntan (Y espero que no) Diría que se trataba de una gacela moviéndose con cautela y velocidad suficiente como para no llamar demasiado la atención, danzando por Viamonte como si se tratara de un juego de niños. Y yo estaba ahí para verla. La seguí desde Almagro hasta el corazón de Buenos Aires, desde el extremo sur de la ciudad, cruzamos Constitución en un abrir y cerrar de ojos. Casi no tuve tiempo para detenerme a observar su fauna característica. De este mismo modo, surcamos 9 de Julio como trota mundos,  pasamos como si nada, el barrio de Monserrat y también San Nicolas. Antes de darme cuenta ella se detuvo en Lavalle y Sarmiento, bajó de su moto, la encadenó y entro por un largo y oscuro pasillo.
    En ese momento me paralicé. La seguí por media ciudad y no estaba seguro de la razón. ¿Qué razón de ser podría tener esta aventura? Era una locura, esa era la única certeza que tenia. Pero, después de todo, no tenía nada que perder, y al Toro le hacía falta un paseo. 
Estacioné el Taunus en un pasaje sin nombre, en una esquina de Lavalle. Caminé por el pasillo sin miedo. Y no pude evitar notar, tres puertas en el fondo, con pintadas o grafitis característicos de una secta o de un grupo armado. Solo la del medio estaba sin llave y entornada hacia afuera. (Cuando dije que no tenía miedo, mentí).
   Al ingresar por la única puerta que estaba abierta, no pude evitar sentirme como helado, era como entrar con los ojos vendados a una cueva totalmente a oscuras, porque a pesar de haber luces, tenues pero luces en fin, no entendía nada.  Me abrazaba una sensación, una extraña sensación de extrañeza mezclada con un vértigo fortuito. ¡Ese vértigo! Desde luego, no sabía dónde estaba, pero lo peor no era eso, estaba solo. Y esa sensación. Me seguía abrazando ese maldito estado, y me seguía carcomiendo la nuca, el sentirme observado por unos ojos que, invisibles me refutaban la idea de lo que estaba haciendo y lo que estaba viendo no era real.
  No solo no la encontré a ella, sino también, que no encontré a nadie. El paisaje era muy parecido a aquella vieja pintura  de
Cooldige donde hay una mesa redonda con perros jugando al póquer, solo que en esta ocasión no había perros, no había póquer y no había mesa. Era esa sensación nuevamente de sentirme observado. Era un depósito de computadoras que, obsoletas, a simple vista, solo dejaban verse en un paisaje casi caótico, una vieja lamparita con un brillo color barrovino me envolvía de nostalgia, y agua. Agua por varios rincones, metiéndose indiscretamente entre las curvaturas del suelo y las rejillas oxidadas que se situaban en las esquinas del lugar.
  De pronto, algo me exasperó. Un golpe, una puerta cerrándose, unas llaves girando, y la luz apagándose. Estaba encerrado.
  Si hace minutos tuve miedo, estaba volviendo a mentir. Este era el miedo que realmente me quitaba el aire, este era el miedo real, me habían encerrado. Pero de pronto la vi, estaba asomándose por la ventanilla de una puerta entreabierta, que había ignorado desde que entre al lugar, y no solo estaba asomándose por aquella ventana, sino que me estaba mirando. Y en sus ojos, esos ojos verdiazules  valientes por naturaleza, intentaban decirme algo. Y la seguí (otra vez) como siguen los locos la esperanza. Me abalancé sobre esa puerta y casi la cierro de un brusco movimiento inadecuado de mi cuerpo torpe, pero logre abrir la puerta, ella me esperaba al final de un largo pasillo más extraño que el galpón en el que me encontraba. Volvió a abrir una puerta sin dejar de mirarme, pero esta vez la puerta desembocaba hacia la calle Corrientes, el galpón cruzaba Lavalle por dentro hasta Corrientes. En ese momento corri como nunca antes había corrido, con una vorágine terriblemente ajena, creí alcanzarla, lo juro. Juraría también que hasta logré tocar su dulce pelo revuelto. Y cuando estaba a centímetros de tomarla de uno de sus brazos, la puerta se cerró ante mí con una brutalidad y una firmeza que le arrancarían la sonrisa de raíz hasta al mejor de los arlequines. Al abrir la puerta con violencia no había nadie. Bueno, nadie que yo esté buscando en ese momento. De nuevo, el éxodo. La gigante ciudad comiéndose a todos con ruidos, autos yendo y viniendo por doquier, vendedores realizando sus ambulantes proezas, niños, mujeres, hombres, perros, pero no estaba ella.

 Resignado, volví al auto, hice girar la llave con tristeza, la palanca de cambio cedió enseguida, una cosa bastante extraña teniendo en cuenta los años que tiene el Toro, y la cantidad de veces que se atascaba al querer pasar de cambio. Una vez en camino a casa, dejando atrás a la muchacha que nunca pude encontrar, encendí la radio y nuevamente, un tembloroso locutor pregonaba sin paciencia:

“ Se siguen sumando victimas al atentado de la AMIA:  dos muertos más se suman a la extensa lista de victimas fatales. Un Ford Taunus , de patente 298 ELF, Conducido aparentemente por un joven de 25 años aproximadamente , Y la periodista del canal siete, Susana Palacios, conduciendo Una motocicleta NSR75, con la patente IBU 432, perdieron la vida calcinados por las llamas que desenvolvió la explosión del edificio judío más importante de la Argentina. Lamentamos mucho las perdidas, un abrazo para los familiares”.

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