domingo, 24 de febrero de 2013

Palabrerío - Por Ezequiel D´Amico


Escribo dios sin mayúscula porque soy Ateo. Y me escondo (a veces) en miles de hojas, de papeles entintados, con posibles obras maestras, y otros no tanto, pero con dibujos terriblemente hermosos.
Mi refugio, al igual que el tuyo, son las palabras. Centenares de letras unificadas de tal forma , que complementan de manera libre y seductora miles y miles de palabras, que echadas al viento no tienen más significado que algo sacado de contexto, pero juntas, se transforman en una herramienta libre  y transformadora, tan llena de vida como cualquier ser sobre este planeta.
Al ir al trabajo, mientras camino por el microcentro, me llueven palabras.
Cuándo voy al cine o cuando voy al almacén, me llueven palabras
Me llueven palabras cuando enciendo la radio, cuando leo el diario, cuando me rio de algo y cuándo hago el amor.
Me llueven palabras de noche, de día, por las tardes calurosas de Febrero, y en invierno también, las palabras me alcanzan como un rayo al galope y no puedo evitar, sentirme asediado por ellas, por majestuosas palabras.
Me es imprescindible perderme en el subte, en esa masa gigante, uniforme de gente hecha mar. No puedo evitar cerrar los ojos con una serenidad abismal (En ese mar de gente infestado de palabras y de tiburones). Cada conversación, cada grito echado al viento, cada palabra, cada palabrita, cada insulto, cada empujón violento, todas, todas palabras y son todas para mí.
Suelo guardarme las mejores para el final, como un postre de palabras que me hace dormir como un bebé, o como un orgasmo literario que de vez en cuando me parte el cráneo.
Las palabras nacen y mueren, en bocas ajenas, se trasladan y se transforman y dan paso a nuevas oraciones, nuevas frases, nuevas palabras. Pero, ¿Realmente, qué valor tienen las palabras? Si estás mismas palabras, de las miles de las que soy dueño, se convirtieran, de un día para el otro en moneda corriente, en moneda de cambio, seguramente sería rico, nadaría en montañas, pero no de dinero, sino de palabras. Palabras que me enriquecen en cada momento y en cada lugar. Ese es el verdadero valor de las palabras, un valor absolutamente eterno y transformador, un valor inalcanzable y también una fuente de energía empíricamente inagotable.
En fin, escribo dios sin mayúscula porque soy Ateo, pero respiro palabras y las palabras me respiran a mí, de una manera increíblemente propia. Las respiro con fuerza simplemente porque soy escritor.

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