domingo, 3 de febrero de 2013

Un mundo paralelo - Por Romina Becker





         Lejos de pensar que su semana ya había finalizado, ese día al levantarse junto a su ventana sintió al sol entrar, suavemente para brindarle su calor y aliviar parte de su angustia transformada en silencio, que en este instante se alejaría con un suspiro hacia ese retrato en su pared. Viejo retrato que aún después haber pasado 3 años logra darle entusiasmo para seguir creyendo en una realidad distinta. Sin mucho meditar, luego de su rutina cotidiana toma su cartera y sus llaves, soltando otro profundo suspiro emprende su viaje de 40 minutos o más, Siempre con su mirada dudosa a lo que vendrá. Ya no se molesta en quejarse por el movimiento de los autos que no le permiten cruzar ligeramente las calles. Toma esto como algo temporal, con pasos cortos finalmente llega a la parada de colectivo, que debe tomar para llegar a destino. Durante el viaje observa a su alrededor y ve que todos están entretenidos en distintas cosas. Algunos con rostros cansados, otros con sus miradas perdidas a lo lejos. Se pregunta ¿Cuál sería la razón?...


Vuelve a sentir angustia al recordar el motivo de su viaje, viendo así que este ya casi finaliza. Siente calor en sus manos temblorosas. Al bajar del colectivo en esa esquina solitaria, se aferra a su cartera, no por temor simplemente para no sentir ese vacío tan grande y la angustia que se multiplico al cruzar la calle. Camina los últimos 50 metros que le quedan para llegar. Trata de contener su llanto recordando aquel viejo retrato familiar que cuelga de la pared de su cuarto. Al llegar a ese portón eléctrico es sorprendida por la chicharra que la invita a entrar. Siente ligeramente que pasó a otra dimensión temblando por dentro se pregunta ¿cómo estará hoy? Si al subir las escaleras y atravesar la primer puerta del pasillo, se encontrara con la enfermera del área de rehabilitación que le dirá “Está bien, ha reaccionado” cuando al fin apoya sus pies en el ultimo escalón, su mente queda en blanco, solo da los últimos pasos para entrar a la habitación, al ver a Darío sentado en esa silla de ruedas que por mucho tiempo han intentado cambiar sin éxito, vuelve en sí. Su mente ya no está en blanco, reacciona rápidamente lo saludo con un abrazo, un beso en su mejilla izquierda esperando así dispersar su mirada perdida en el horizonte. -“¿Qué ves?” pregunta sin obtener respuesta agrega -“Está bien, debe ser lindo lo que ves, si por si acaso ves a los viejos, dale mis saludos, pero fíjate que vos tenés que estar acá”. Yo ayer pensé en traerte un libro para leerlo con vos, como vos antes me leías historietas.”


 Cuantos recuerdos en esas pocas palabras, lentamente salen de la habitación por ese pasillo angosto, que los guía hasta el viejo ascensor, que le provoca escalofríos cada vez que se encuentra dentro de él. Por ese ruido latoso que pareciera se desarmaría en segundos. Al salir de él se tranquiliza, recorre varios pasillos hasta llegar a la puerta del parque, susurrándole al oído algún acontecimiento de su semana, se dirigen hacia la enorme fuente de agua. Ya que el sonar de su cascada artificial permitiría un pequeño relajamiento lo que acompañaría a su lectura pero al llegar se detuvo sosteniendo la mirada, en el actuar de una anciana de aspecto serio, lo cual no le impidió seguir observándola. Llamaba su atención la ternura con la que esta le hablaba a ese señor de la silla de ruedas que estaba junto a ella. Prestando atención notó que su forma de hablar le era familiar. Lejos de preguntarse de donde o porque solamente se dedicó a observar y a escuchar, ese pequeño párrafo que oía a la anciana recitarle con mucho cariño a ese señor, con la mirada perdida en el horizonte, sin desviar su mirada nota que la anciana toma un pañuelo para secar sus lágrimas, en esos ojos cansados de haber releído quien sabe cuántas veces el mismo párrafo, de ese viejo libro “El Principito”. Ella regó sus mejillas al verse reflejada en los tristes ojos de la anciana, estos similares a los suyos sin dudar se retira con Darío del lugar. Conteniendo su llanto hasta casi sin respirar, se pregunta porque su mente conserva esa imagen tan clara. Al haberse reflejado en los ojos de la anciana, pudo ver como su vida transcurrió en ese pequeño instante. Supo entonces que ya era hora de regresar. Sale del lugar pensando en ese viejo retrato familiar sabiendo que de esta forma tendrá fuerzas para volver la próxima semana. Vuelve a sentir el vacío al cruzar aquel portón eléctrico. Todo indica que había pasado a otra dimensión su sentir comienza a ser más leve, sabe que vivirá lo mismo al llegar el próximo viernes sin preguntarse, cuántos más le quedaran por vivir esa realidad. 



                                                                                 Romina Becker

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